Para ser libre hay que aprender a pensar, a elegir el bien verdadero en la vida concreta, hace falta crearse un proyecto de vida que responda a la verdad de nuestro ser en una comunión de benevolencia con los demás y con la creación entera. Y para llegar hasta aquí, desde las primeras manifestaciones de nuestra conciencia, necesitamos la ayuda de otras personas en las que podamos confiar, que quieran transmitirnos su experiencia vital y nos ayuden a aprender la sabiduría suprema del ser hombre.
Educar no es simplemente enseñar cosas útiles, sino ayudar a aprender a vivir en la verdad y en el bien, con amor, esperanza y perseverancia. Educar es ayudar a conocerse, a poseerse, a hacerse cargo de lo que es nuestra vida en el mundo para ser capaces de desarrollarla lo mejor posible, hacia adentro y hacia fuera, en la sinceridad de la propia conciencia y en el complejo entramado de relaciones interpersonales en que vivimos.
La verdadera educación sólo se puede llevar a cabo en el marco de una relación de amor y confianza que sea de ida y vuelta entre educador y educando. Por eso los primeros educadores, los imprescindibles educadores, son los padres. Nadie entra tan pronto y tan hondamente en nuestro interior como nuestra madre y nuestro padre, cada uno a su manera, con sus palabras, su cariño, sus alabanzas o correcciones. Sólo el amor verdadero e incondicional favorece la comunicación y hace posible una influencia profunda sin coacción, en un proceso de creciente libertad
MAS COSAS SOBRE LA LOE Y LAS CLASES DE RELIGION
El Proyecto de Ley Orgánica de la Educación (LOE) ha despertado críticas y recelos entre algunos sectores. Algunos afectados creen que la nueva ley va a privar a los alumnos del derecho a estudiar religión, o que los padres no podrán elegir con total libertad el centro escolar de sus hijos. A continuación les ofrecemos un breve resumen con las preguntas más frecuentes acerca del futuro sistema de enseñanza que se aplicará en todos los centros escolares de España.
¿Los niños no podrán elegir la asignatura de religión?
El tema de la asignatura de religión ha sido uno de los puntos más discutidos acerca de la LOE. Se ha llegado a decir que esta asignatura iba a desaparecer del currículo escolar, pero no es así. La nueva ley obliga a todos los colegios a ofertar la asignatura de religión. Sin embargo, será de carácter voluntaria y su calificación no se tendrá en cuenta para pasar de curso, acceder a la universidad o en los procesos de obtención de becas.
Actualmente, la clase de religión es voluntaria. Para los alumnos que no la cursen, los centros ofrecen otras clases alternativas: ética, cultura…
Tanto en el sistema actual como en el proyecto de la LOE, la clase de religión es optativa y su calificación no se tiene en cuenta para entrar en la universidad. Sin embargo, ahora mismo sí la nota de esta clase sí que computa para pasar de curso, algo que la LOE prevé eliminar.
¿Podrán los padres elegir libremente el centro escolar de sus hijos?
Ésta es una de las principales preocupaciones de los centros concertados, donde estudian 3 de cada 10 niños españoles. Según los representantes de estos colegios, algunos padres que ahora llevan a sus hijos a estos centros, por ejemplo por su orientación religiosa, ya no tendrán la misma libertad.
El borrador de la LOE establece los criterios de admisión en centros públicos y privados concertados cuando no existan plazas suficientes. En estos casos, el proceso de admisión se regirá por los criterios prioritarios de existencia de hermanos matriculados en el centro, proximidad del domicilio o del lugar de trabajo de alguno de sus padres o tutores legales, rentas anuales de la unidad familiar y concurrencia de discapacidad en el alumno o en alguno de sus padres o hermanos.
Según el Gobierno, con esta medida se pretende evitar que los centros concertados apliquen criterios religiosos o socioeconómicos en la admisión de sus alumnos.
¿Se va a desmembrar España en 17 modelos educativos, uno para cada comunidad?
El Ministerio de Educación marcará los contenidos básicos de las enseñanzas y todas las comunidades estarán obligadas a aplicarlos. Estos mínimos comunes serán el 55% del currículo escolar en las Comunidades Autónomas con lengua cooficial y el 65% en las comunidades no la tengan.
El resto del currículo será confeccionado por las autoridades educativas competentes en cada comunidad.
¿Con cuántas asignaturas se puede pasar de curso?
En la ESO, los alumnos con dos asignaturas pendientes podrán pasar de curso directamente. Los que tengan cuatro sin aprobar, tendrán que repetir curso.
En el caso de que un alumno no haya superado tres asignaturas de un curso, el conjunto de profesores decidirán de forma colegiada si el estudiante ha adquirido los conocimientos mínimos indispensables para pasar de curso.
Los alumnos que pasen de curso con asignaturas pendientes deberán atender a clases de refuerzo hasta que aprueben las evaluaciones que garantizan los objetivos mínimos de esas clases.
Pero al final, ¿hay o no hay selectividad?
No se le llama así, pero la idea de fondo es la misma. Habrá una prueba de acceso a la universidad, con unas características básicas pactadas entre el Gobierno y las Comunidades Autónomas. Esta prueba tendrá en cuenta las modalidades de bachillerato y las vías que pueden seguir los alumnos y versará sobre las materias de segundo de bachillerato.
Las Administraciones educativas y las universidades serán las encargadas de organizar esta prueba de acceso.
¿Qué pasa con los alumnos extranjeros que llegan con niveles educativos más bajos?
Las Administraciones educativas escolarizarán a los alumnos y alumnas que accedan de forma tardía al sistema educativo español atendiendo a sus circunstancias, conocimientos, edad e historial académico. De esta forma, los estudiantes entrarán a cursar el nivel que más se adecue a sus conocimientos previos, y no tanto a su edad.
Las autoridades educativas de cada comunidad están obligadas a desarrollar programas específicos para los alumnos que presenten graves carencias lingüísticas, con el fin de que se integren en el grupo lo más pronto posible. De todas formas, los alumnos que acudan a estas clases de apoyo deberán presenciar también las asignaturas ordinarias de su grupo asignado.
Navarra pide DIGNIDAD para la asignatura de religión
(Apreciaciones de un padre interesado por las clase de religión que quiere que reciban sus hijos.)
Jornada desarrollada en el Salón Mikael (miercoles 24 de enero de dos mil siete)
Presentado por D. Javier Segura (Delegado Diocesano de Enseñanza)
El Sr. Arzobispo comienza la “Jornada de trabajo ” abierta al público, señalando que ya hace mucho que él anunció la que se avecinaba cuando titulaba un artículo como “El laicismo que viene”, e insiste que la enseñanza de la religión en la escuela pública, se debe de exigir como un derecho.
Continúa muy elocuentemente, como es costumbre, D. Fernando Sebastián trasmitiendo al público asistente, mucho gracias a Dios, su perplejidad porque después de prácticamente 30 años de democracia, aún estemos a vueltas con lo mismo, y no se reconozca el derecho del 80 % de la población a que sus hijos puedan recibir una formación religiosa con DIGNIDAD.
Y como digo, entre muchas y acertadísimas apreciaciones, podemos finalizar este mínima referencia, tomando de su boca, las siguientes afirmaciones, “… nosotros los cristianos no imponemos a nadie nuestras creencias …” , no echamos a nadie de nuestro entorno, entonces podemos cuestionarnos, ¿por qué los laicos nos imponen y nos quieren echar.
Antes de continuar hemos de señalar que no se trata de “las barbas del vecino”, se trata de que nos pongamos manos a la obra, porque son nuestras propias barbas las que están pelando y no nos enteramos.
Dándose paso a una Mesa Redonda, con un variopinto contenido y más que exquisitos componentes, ( D. Fernando Jorajuria (Plataforma Navarra, del Profesorado de Religión); D. Andrés Jiménez (Director de Instituto, profesor de Filosofía) Dña. Eva Ruiz (CONCAPA) y D. José Manuel Contreras ( Foro de la Familia).
Se da paso a una exposición de la actualidad del problema desde los diferentes puntos de vista de los componentes de la mesa.
Tomando la palabra el Sr. Jorajuria, quien define a grosso modo el panorama como una ambigüedad desde el punto de vista de las conversaciones mantenidas con los diferentes partidos políticos de la Comunidad. Son totalmente ambiguos a la hora de posicionarse con respecto al futuro inmediato de las clases de religión.
Algunos, los que gobiernan en coalición (UPN-CDN), conjuntamente con el PNV dan su apoyo verbal, pero “ no se mojan”
Y con los sindicatos del sector, pues viene a pasar lo mismo. Pero claro esta que no podemos olvidar que estos en principio están para lo que están, que es sacar las castañas del ámbito laboral. Vamos que nadie dice nada claro.
A continuación como madre, en la voz de CONCAPA, Dña. Eva Ruiz exige el cumplimento de un derecho, “los padres queremos tener libertad”. Apunta la necesidad de que en esta labor educativa y más en la religión los padres debemos de ir a una con el profesorado para evitar caer en el mal endémico de nuestros días, que es la “educación en la incoherencia”. Y podemos dejar caer la pregunta ¿por qué en un colegio público no se va a bendecir la mesa?
Los padres católicos demandan poder elegir que educación reciben sus hijos, no se trata de excluir, y por supuesto de no ser excluidos o relegados, cuando se está hablando del 80 % de la población.
Por lo que al Foro de la Familia le corresponde, como colectivo más amplio que representa a la Familia en más ambientes que el escolar , podríamos decir que apuesta por las movilizaciones, necesarias y urgentes.
Señala D. José Manuel Contreras, que los políticos, en lo referente a la asignatura de religión dicen “que si se puede …” a más a más la dejarán como está, esta es la pretensión de los padres, pero claro “si se puede …”.
Pues habrá que poder.
Andrés Jiménez, elocuente donde los haya, y vareado en estos lances, dice que claro aquí parece que se trata de “ virgencita, virgencita que me dejen como estoy”. Y apunta que si en la sociedad actual se ve una carencia enorme de valores, pues se refleja en las sesiones de evaluación del profesorado, que los alumnos tienen falta de…, y falta de .., y falta de …, ¿qué será después, si la asignatura que va más lejos, la que aporta un plus es la asignatura de religión?
Como ya había señalado Contreras, la asignatura de religión educa otra faceta del ser humano, que es más trascendental que la propia ciencia.
Navarra tienen uno de los índices más bajos de fracaso escolar, y algo, ciertamente algo tiene que ver con ese 80 % que quiere que sus hijos estudien religión dignamente.
Y para demostrar que existe ese algo más, para esos que hoy en día, si algo tienen santo es la “democracia”, no es esa quien realiza milagros.
Se trata además para Jiménez, de una cuestión de conciencia, de un ataque claro a la conciencia, para ser esta mutada, de una conciencia religiosa a una conciencia cívica, ciudadana.
Habla de los políticos como aquellos que se arropan en ser representantes de la sociedad, pero sin embargo no ejecutan los que la sociedad demanda, y por tanto, es hora de que los políticos se hagan eco de las demandas sociales. Y va más lejos, en la línea del Sr. Contreras, si hay que movilizarse, pues adelante. Y se hace eco de unas palabras no suyas, que previenen, “ el mal avanza por que los buenos no hacen nada”.
La democracia es la fuerza del pueblo, y emana de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo, quizás hay que recordárselo a alguien.
La sociedad tiene que gritar más alto, el PSOE en las Comunidades donde gobierna, quita una hora de religión, ¿Cuántas van a quitar los partidos que deberían apoyar?
Termina la Jornada, con la amabilísima intervención de D. José Javier Marcotegui, Presidente del Consejo Escolar de Navarra , quien aunque dice no poder hablar el representación de un órgano colegiado que aún no se ha posicionado, expone su opinión personal. Que como buen político, hace reflejo a lo que los ponentes ya habían manifestado, “la ambigüedad”.
(José Javier Solabre)
El laicismo que viene (I y II )
El Señor Presidente del Gobierno nos anuncia leyes “progresistas, laicas y modernas”. ¿Qué son leyes progresistas? Y ¿cuáles son las verdaderamente modernas? Esto de ser más o menos moderno es muy relativo y no da garantías de nada. Tan moderna es la bomba atómica como la Sociedad de Naciones. Parece más bien que lo que nos interesaría a los españoles es que el gobierno promoviera leyes inteligentes, prácticas, justas, capaces de favorecer verdaderamente el bien auténtico y general de los españoles. En principio, todas las leyes que salen del Parlamento, son leyes laicas, es decir, promulgadas por una autoridad civil, no sagrada, sin ninguna pretensión trascendente. El Parlamento no es el Sinaí. Afortunadamente. Leyes laicas son también las que proceden de una mentalidad laica, o más bien laicista Seguramente el Señor Presidente se refería a leyes elaboradas, aprobadas y promulgadas con una visión laica de la sociedad y del hombre, es decir, sin referencia a Dios, sin tener en cuenta la ley de Dios, incluso sin tener en cuenta la fe en Dios que puedan tener algunos ciudadanos, pocos o muchos. Eso sería tanto como anunciarnos leyes discriminatorias, que se ajustan a la mentalidad de unos y no tienen en cuenta la mentalidad de otros, que favorecen a los que no creen en Dios e ignoran a los que sí creen en El y quieren vivir de acuerdo con su voluntad. Según esto, al prometernos leyes laicas, el señor Presidente puede estar anunciando leyes que no tengan en cuenta la ley de Dios, ni las exigencias de la moral natural, leyes que favorezcan la concepción laica de la vida, según la cual no hay ningún ser creador, sino que somos hijos del azar, y por tanto dueños absolutos y únicos responsables de nuestra existencia, sin que pueda haber ningún valor absoluto ni tengamos que dar cuentas de nada ante nadie. Estamos solos en el mundo y entre todos tenemos que ir modelando nuestra humanidad como mejor nos parezca. No hay referencias morales que orienten nuestra vida, la opinión pública, el consenso, y en última instancia la conveniencia de los grupos más influyentes son las únicas fuerzas que de verdad rigen nuestra vida. No tenemos raíces firmes ni rumbos orientadores. Parece que nuestros gobernantes consideran un bien importante para España y para los españoles, el ir prescindiendo de cualquier influencia religiosa en las leyes y por tanto en la configuración de las relaciones sociales entre nosotros y de los bienes que en nuestra convivencia podamos encontrar. Quieren una España laica, en la que la religión sea, a lo más, una afición privada de algunos ciudadanos, tolerable sólo en la medida en que no pretenda aparecer ni ser tenida en cuenta en la vida pública, en las leyes, en la cultura, en los comportamientos, en los usos y costumbres, en los criterios morales y normativos de nuestras conductas. No se trata sólo de impedir que los eclesiásticos influyan en la vida política, se trata más bien de que no influyan tampoco las convicciones religiosas de nadie, ni siquiera de los políticos. Esto es tanto como amordazar las conciencias, destruir la fuerza vital de la religiosidad y de la fe. Ante este propósito a los creyentes se nos presentan muchas dificultades. Las leyes tienen que responder al conjunto de la sociedad, a la voluntad y a las creencias de los ciudadanos, y no a las opiniones particulares de los gobernantes. Un gobernante puede ser ateo, como un partido puede ser partidario del agnosticismo, pero no tienen por qué tratarnos a los demás como si también lo fuésemos, y menos todavía utilizar los recursos del poder político para convencernos de su ateísmo. Tampoco sería justo lo contrario. Si en España hay treinta millones de ciudadanos que creen en Dios ¿es justo que a la hora de legislar no tengan en cuenta nuestras creencias y sí tengan en cuenta únicamente las creencias de los demás? Eso no es gobernar para el bien de todos. Y yendo más al fondo de la cuestión, hay que preguntar por qué la fe de cada uno no puede influir en sus concepciones o actuaciones políticas. En la sociedad democrática cada uno puede manifestarse como es, todos somos iguales ante las leyes y todos tenemos el mismo derecho a intervenir en la vida pública según nuestras propias convicciones, respetando los derechos y la libertad de los demás. La fe religiosa es parte esencial de la mentalidad del creyente y de la cultura de los pueblos. No se puede actuar como si no existiese, ni se la puede recluir a la vida puramente privada, sin mutilar la vida real de los ciudadanos, sin perturbar el patrimonio cultural de la sociedad, sin traspasar los límites y las atribuciones de una autoridad justa y justamente ejercida. Recientemente el Señor Presidente nos ha dicho que él no permitirá que nadie imponga a los demás sus creencias morales. Afirma que él respeta el orden moral, pero que el orden cívico se regula por ley en el Parlamento. Frases contundentes. Pero a lo mejor esta contundencia es más aparente que real. Porque no se trata de imponer las creencias morales de nadie, sino de exigir a los legisladores que, por el bien de los ciudadanos, respeten en sus actividades legislativas, las exigencias de un orden moral objetivo, inscrito en la naturaleza del hombre y formulado suficientemente por la recta razón a lo largo de la historia. Es cierto que el orden cívico se regula por ley en el Parlamento. Nadie lo discute. Pero los parlamentarios no son creadores del bien y del mal, no pueden legislar como les convenga, si quieren ser justos tienen que actuar según una ley moral superior y anterior al Parlamento, que fundamenta objetivamente los derechos de los ciudadanos a cuyo bien general las leyes deben ordenarse. Sin el respeto al orden moral objetivo la mejor democracia degenera en tiranía. Por otra parte, la mentalidad laicista no tiene legitimación ni teórica ni práctica. Teóricamente la existencia de Jesucristo y la validez de su testimonio sobre la existencia y la providencia misericordiosa de Dios tienen tanto fundamento, al menos, como la opinión contraria. En una sociedad donde haya cristianos y no cristianos, creyentes y ateos, un gobierno que quiera ser justo con todos los ciudadanos, no puede identificarse con ninguna de las dos partes. La confesionalidad religiosa y católica no puede ser sustituida por la confesionalidad contraria de la militancia atea. El progreso no consiste en sustituir una confesionalidad por otra, sino en adoptar el camino de la no confesionalidad, bien entendida y lealmente aplicada, como neutralidad positiva del gobierno en materia religiosa. Si nadie puede imponer un orden moral objetivo, ¿es que el gobierno laicista puede imponernos su permisivismo moral? ¿Es que van a ser los grupos de presión los que determinen los criterios y las actuaciones del Parlamento? Dicho con todo respeto, los cristianos pensamos que este propósito de gobernar con leyes laicas no tiene fundamento teórico serio, ni es verdaderamente progresista, sino que supone un retroceso a tesis y formas ya superadas. A muchas personas, incluso a algunos cristianos, les parece normal que las actividades religiosas de los ciudadanos no se puedan financiar con fondos públicos. Es cierto que las actividades religiosas no son de todos, pero tampoco lo son el deporte, ni el teatro, ni el cine, ni otras muchas cosas que se financian con dinero público sin que nadie lo discuta. Volvemos a la misma cuestión de siempre, el Estado y la autoridad política tienen que aceptar sinceramente que la fe religiosa es un derecho de los ciudadanos, cuyo ejercicio cualifica la vida y las actividades de la persona, enriquece el patrimonio cultural de la sociedad y facilita la convivencia justa y pacífica de los ciudadanos. O dicho de otra manera, el ejercicio de la libertad religiosa de los creyentes, forma parte del bien común que el gobierno debe proteger y fomentar. Si esto es así, ¿por qué hay que ignorarla y dejarla fuera de la actuación positiva del gobierno en igualdad de condiciones con otras muchas actividades espirituales y culturales de los ciudadanos? ¿Por qué hay que excluir la enseñanza de la religión en el programa escolar? ¿Por qué hay que prohibir los signos religiosos en los centros públicos y comunes? ¿A quién ofenden? ¿A quién hacen daño? Ojalá nuestros gobernantes encuentren tiempo para pensar un poco más en estas cuestiones. EL LAICISMO QUE VIENE (y II) Los católicos españoles sabemos lo que es vivir con un gobierno de preferencias laicistas. En el momento presente, los protagonistas de esta oleada laicista parecen ignorar algunos hechos recientes muy importantes. Cuando presentan la Iglesia católica como poco adaptada a las exigencias de la democracia, no tienen en cuenta la renuncia de la Iglesia y de los católicos españoles al confesionalismo católico, a favor de la reconciliación y de la igualdad de todos los ciudadanos. Y olvidan también que la Constitución se construyó a partir de un consenso social uno de cuyos elementos era el entendimiento entre creyentes y no creyentes, gracias al concepto de no confesionalidad aceptado por todos. Implantar ahora un confesionalismo laicista sería negar aquel consenso constitucional y volver a la situación absurda y peligrosa de las dos Españas. Es necesario que entre todos hagamos lo posible para encontrar de nuevo aquel espíritu de respeto y sincera voluntad de convivencia que hizo posible la transición política y que resulta indispensable mantener para garantizar la serenidad y la estabilidad de nuestra sociedad. En este escrito me dirijo principalmente a los cristianos y por eso intentaré responder a esta pregunta clave: ¿cómo tenemos que actuar los católicos en estas circunstancias? 1. Mi primer consejo es simplemente el consejo tantas veces repetido por el señor a sus discípulos, “No temáis”. El está con nosotros. Ha vencido al mundo. Su victoria es también la nuestra. Nuestra victoria es la fe. No perdamos la confianza en la providencia de Dios, fuerte y misericordiosa. La Iglesia ha vivido siempre entre dificultades y los cristianos han padecido con frecuencia por presentarse y actuar como discípulos de Jesús. Estos sufrimientos nos purifican y fortalecen. Recordemos las palabras de San Pablo, “la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de este mundo; la locura de Dios más sabia que la sabiduría del mundo”. “Nos basta la fuerza de Dios, de modo que cuando somos débiles, si confiamos en El, entonces es cuando somos más fuertes”. Que las argumentaciones del laicismo no nos hagan dudar de la verdad y del valor de nuestra fe ni de las instituciones y actuaciones de la Iglesia. No nos dejemos paralizar por la inseguridad o por el miedo. No nos avergoncemos del evangelio. No nos desanimemos por ser pocos o por quedar excluidos de las zonas de poder. Nuestra fuerza está en la fuerza de su palabra y de su vida. Precisamente en estas circunstancias es cuando más tenemos que anunciar con sencillez y fidelidad el mensaje de Jesús, conservado y actualizado continuamente por la Santa Madre Iglesia. Este es el mejor servicio que podemos hacer a nuestros conciudadanos. Esta es nuestra misión y nuestra primera obligación. Es la hora de la fidelidad y de la fortaleza. La hora de los testigos. 2. La primera condición para llegar a tener una suficiente influencia moral es vivir en conformidad con nuestra fe. Queremos ser discípulos de Jesús. Y El redujo su mensaje a dos mandamientos bien sencillos: Amar a Dios como Padre nuestro que es, y al prójimo como a nosotros mismos. Y esto de manera efectiva, visible, realista. La fuerza de la Iglesia no está en los instrumentos técnicos ni en las estrategias de opinión que otros utilizan. La fuerza de la Iglesia está en la fe, en la piedad, en la ejemplaridad de los cristianos. Si vivimos de verdad nuestra fe, el testimonio de nuestra vida aclarará muchos malentendidos y más tarde o más temprano convencerá a los hombres y mujeres que buscan la verdad. Comencemos por asegurar la Misa de los domingos. La marcha de los acontecimientos nos está pidiendo una clara definición de nuestra vida. En torno a la Misa dominical tiene que desarrollarse la vida espiritual de cada uno, la oración diaria, el esfuerzo por vivir en gracia de Dios, la celebración sacramental del arrepentimiento y del perdón. Y con la piedad personal, la comprensión y el ejercicio de la vida matrimonial y familiar según la voluntad de Dios, manifestada por Jesucristo y anunciada por la Iglesia. La familia cristiana, estable y fecunda, es signo elocuente de la fuerza humanizadora y santificadora del amor de Dios, presente y actuante en las raíces del amor humano. A partir de aquí podremos ofrecer el testimonio de una vida sobria, alegre, justa, generosa, amante y defensora de la vida y del mundo, sin desmayos, que busca de verdad el Reino de Dios y el bien de los hermanos, sin quedarse en apariencias engañosas o en intereses oportunistas. La verdad de Dios, respaldada por el testimonio de una vida sincera y santa, acaba abriéndose camino en todos los corazones Un verdadero testimonio de vida cristiana requiere la unidad en la fe, en la aceptación integral y equilibrada del evangelio de Jesús, tal como lo han vivido los santos, como lo anuncian y predican los pastores de la Iglesia, en comunión espiritual y visible con el Papa. La disidencia, las divisiones, las condescendencias injustificadas, debilitan la credibilidad del evangelio y dan argumentos a quienes, de una manera o de otra, pretenden ocultar la luz que ha venido a este mundo. En cambio, el testimonio visible de una vida santificada y sosegada por el Espíritu de Dios, puesta de verdad al servicio de los demás, vivida en una comunión cercana y universal, gozosa y esperanzada, serena y operante, en este mundo nuestro tan egoísta y dolorido, será la mejor apologética y el argumento más convincente. 3. En la respuesta al laicismo es importante que sepamos centrarnos en lo fundamental. No se trata de si los curas y los obispos mandamos mucho o poco, Ni resolveríamos nada con una Iglesia más tradicional o más moderna. La cuestión de fondo está en saber si hay Dios o no, si nuestra vida está presidida por un Alguien original, creador y providente, del cual nos habló Jesucristo de manera definitiva, o vivimos solos en el mundo, como dueños únicos y exclusivos de nuestra vida personal y colectiva. Lo que de verdad se debate en nuestra sociedad, aunque no se formule claramente, es, si para vivir auténticamente nuestra condición humana, tenemos que tener en cuenta la presencia del Dios de Jesucristo cerca de nosotros, o más bien hemos de prescindir de cualquier referencia religiosa como perteneciente a un estadio anterior del desarrollo humano. Centremos nuestro esfuerzo en ofrecer a nuestros conciudadanos la posibilidad de conocer a Dios mediante el testimonio de Jesús, y de aceptar su providencia, no como una amenaza para nuestra libertad, sino como la tierra firme que nos permite construir una vida verdaderamente personal y espiritual, en libertad y justicia, en amor fraternal y esperanza de eternidad. Anunciemos con humildad y claridad, con honestidad y respeto, nuestra manera de entender las cosas. No queremos imponer nada a nadie, pero tampoco podemos callar el evangelio de Jesús, ni podemos ocultar los signos de la presencia de Dios entre nosotros. Invitemos a los hombres y mujeres de buena voluntad a buscar con nosotros la verdad de nuestra humanidad en Jesucristo, como clave definitiva para la comprensión y el desarrollo de nuestra vida. Confiemos en la buena voluntad de los que viven fuera de la Iglesia. No neguemos a nadie la posibilidad de llegar al conocimiento y adoración del Dios de Jesucristo. Todos son hijos suyos. Por todos murió Cristo y a todos les llega la asistencia del Espíritu Santo. Esperemos con tranquilidad la hora de Dios. Si la luz de Dios vuelve a brillar en los corazones de los hombres y en el corazón de nuestra sociedad, todo resultará claro y aceptable. Sin esta aceptación cordial de Dios como fundamento y centro de la vida, ni la moral natural, ni las enseñanzas de la Iglesia ni la vida de los cristianas alcanzarán el reconocimiento y la estima que merecen. 4. Cuanto queda dicho son actuaciones puramente religiosas y en cierta manera internas a la vida de la Iglesia. Pero a la vez que miembros de la Iglesia, los cristianos somos miembros de la sociedad, ciudadanos como los demás, con los mismos derechos y las mismas obligaciones. Y es lógico que pretendamos influir en la marcha de los asuntos públicos y comunes según nuestras convicciones personales y comunitarias. Todos los miembros de la sociedad tienen que procurar el bien común según sus posibilidades personas e institucionales. También los cristianos. Y por supuesto, como todos los demás, según nuestra conciencia y nuestras propias convicciones. Es un derecho y una obligación. Dicen que si la Iglesia quiere influir en la política. Evidente. Al menos como cualquier otra institución. Pero la influencia de la Iglesia en la vida política no es de naturaleza política, sino eclesial, es decir, de naturaleza religiosa y moral. La Iglesia influye en la vida social y política, según su propia naturaleza, con sus actividades propias y, por supuesto, respetando las normas civiles comunes, legítimas y justas. Anunciando la doctrina de Cristo, educando las conciencias y animando a sus fieles a vivir santamente, la Iglesia influye en el comportamiento global de las personas, y de esta manera influye también en el ejercicio de sus actividades profesionales y en sus actividades sociales, públicas y políticas. Es cierto que la Iglesia, como comunidad religiosa que es, no interviene como tal en el desenvolvimiento técnico y directo de la vida política, pero sí interviene libremente en la formación de la conciencia social y moral de las personas que luego actúan en la vida política. La vida política, en su conjunto, la de los votantes y la de los dirigentes, es una actividad humana, personal y libre, cuya legitimación moral está en la promoción y defensa del bien público. Como actividad humana, toda acción política tiene que ser moral y justa y esta justicia no le puede venir en última instancia de sí misma, ni de los consensos circunstanciales o de las presiones de un grupo determinado, sino que le ha de venir de la conformidad con una referencia objetiva, ya sea de naturaleza religiosa o simplemente ética, que vincula la conciencia de todos los hombres, también de los políticos, y que radica en el ser mismo del hombre, de cada persona, considerado como creatura de Dios o como realidad última en el orden práctico a la que se le reconoce un valor absoluto. El reconocimiento de esta referencia moral es la garantía del respeto a la persona y a la sociedad, cuyos derechos no provienen de las instituciones políticas, sino que son anteriores y superiores a todas ellas, fundados en su propio ser y, para nosotros los creyentes, en la sabiduría y el amor de Dios. Un poder político, ejercido sin el reconocimiento de una norma moral objetiva, es un peligro gravísimo para el bien de la sociedad. Basta con repasar la historia del siglo pasado para comprenderlo. La Iglesia contribuye de forma importante a la clarificación y fortalecimiento de esta conciencia moral de los ciudadanos que quieren escucharla. No impone sino que propone. Y luego cada persona, también los cristianos, actúan en consecuencia. Así es como ella contribuye al bien común, también al bien común temporal y político, dentro de un marco legal estrictamente democrático. La lástima es que hoy, en España, muchos cristianos no actúan en la vida profesional y política de acuerdo con las exigencias de la fe. Decir esto no es volver a fórmulas superadas de clericalismo o de confesionalidad, no es fruto de añoranzas inconfesadas de épocas pasadas. Es simplemente animar a los cristianos a ofrecer a la sociedad los bienes de naturaleza moral y temporal que nosotros hemos descubierto gracias a la iluminación de la fe y a la primacía del amor al prójimo como norma suprema de comportamiento en el conjunto de nuestra vida personal, familiar, profesional, cultural y política. ¿Hay en esto algo contra las leyes de la democracia? Mons. Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela. |